Melodías Mexicanas en un Corazón Argentino

Romance 14 to 20 years old 2000 to 5000 words Spanish

Story Content

El aire de Buenos Aires era fresco y vibrante, muy diferente del cálido sol de México que Marcos y Candy habían dejado atrás. Sus acentos mexicanos resaltaban entre la multitud, pero una sonrisa los acompañaba al descubrir su nuevo hogar.
Marcos, con su skate bajo el brazo y Candy, ajustándose los audífonos, avanzaban por los pasillos del colegio. Marcos llevaba un paso acelerado mientras Candy buscaba ansiosamente el salón de batería. “¡Aquí está! ¡Suerte con tu clase, Mar!”, gritó Candy antes de desaparecer por una puerta con un logo de baquetas cruzadas.
Marcos, buscando el aula de arte, rodaba a toda velocidad en su skate. El colegio era un laberinto de murales y graffitis, un paraíso para un aspirante a artista como él. De repente, ¡BAM!, chocó contra alguien. Las hojas que llevaba en la mano volaron por el aire.
“¡Lo siento! ¡Lo siento mucho!”, exclamó Marcos, recogiendo sus papeles. Levantó la vista y se encontró con un chico de piel blanca, pelo negro y un piercing en la ceja. El chico tenía una guitarra eléctrica colgada al hombro y estaba rodeado de otros jóvenes.
El chico, de aspecto serio y misterioso, era Iván. Los demás eran Bruno, un bajista con una sonrisa contagiosa; Lola, la tecladista con un aire punk y penetrantes ojos violeta; y Matías, el baterista musculoso y bromista.
“¿Saben dónde queda el salón de Arte 203?”, preguntó Marcos, con su acento mexicano del norte marcándose en cada palabra. Todos lo miraron con curiosidad.
Fue Bruno quien habló primero. “¡Che, loco! ¡De dónde sos? Tenés acento mexicano…”.
Iván, finalmente, interrumpió. Su voz era grave y directa. “Al final del pasillo, a la izquierda”.
Marcos asintió y sonrió tímidamente. “Gracias”. Salió corriendo, dejando a la banda atrás.
Una vez que Marcos se fue, la energía del grupo explotó. “¡Che, qué lindo el mexicano!”, exclamó Bruno.
Che, mirale el culo que tiene!”, añadió Matías, entre risas. Iván frunció el ceño. “Concéntrense en ensayar, ¿sí?”.
Las semanas pasaron. Marcos se sumergió en su mundo de pinturas y bocetos, pero siempre recordaba el rostro de Iván. Los amigos de Iván, por su parte, no tardaron en acercarse a Marcos, invitándolo a unirse a sus planes. Iván, en cambio, se mantenía distante, como si Marcos no existiera.
Un día, Bruno invitó a Marcos a una fiesta que iban a dar el fin de semana. “Dale, mexicano! ¡Va a estar buenísima!”, insistió.
Marcos dudó. No era muy fan de las fiestas, pero la idea de pasar un rato con los amigos de Iván le resultaba atractiva. Además, tal vez… tal vez vería a Iván. “¡Está bien, voy!”, aceptó.
La fiesta estaba llena de gente, música y luces. Marcos intentaba seguir el ritmo de la conversación con Bruno y Matías, pero su mirada no podía evitar buscar a Iván. Después de un rato, se sintió abrumado. Necesitaba un respiro.
Se alejó del bullicio y encontró una puerta al final de un pasillo. Parecía un espacio apartado, vacío. Entró y cerró la puerta tras él. “Por fin… paz”, murmuró.
Pero no estaba solo. En un sillón, bajo una tenue luz, estaba Iván, con un cuaderno en las manos y un lapicero en la boca. Parecía concentrado, ajeno al mundo exterior.
Un silencio incómodo llenó la habitación. Marcos sintió que el corazón se le salía del pecho.
Después de unos minutos, Marcos se atrevió a romper el silencio. “¿Puedo… puedo sentarme?”, preguntó, señalando un extremo del sillón. Iván levantó la vista, lo miró fijamente y asintió con la cabeza. Marcos se sentó tímidamente.
Aquí si quieres puedes dormir, eh?”, Agrego Marcos, bromeando. La verdad era que estaba aterrado de la mirada de Iván, quien estaba distante, concentrado en algo que estaba escribiendo en una hoja, y sin soltar ni una sola palabra, solo dijo que si moviendo la cabeza de arriba hacia abajo
El silencio regresó, pero esta vez era diferente. Era como si una corriente invisible los conectara. El cansancio venció a Marcos y se quedó dormido, acurrucado en el sillón.
Iván siguió escribiendo, pero su mirada se desviaba constantemente hacia Marcos. A la luz tenue, el rostro del mexicano parecía aún más dulce, sus pecas más encantadoras. Sintió una extraña necesidad de protegerlo.
Iván siguió con sus anotaciones cuando de la nada, de repente el se percata de que Marcos está abriendo los ojos, y los 2 chocan miradas. Esa mirada que derritió a Iván. No aguantó y se acerco hasta el para besarlo, y le dió un beso sin ningún aviso .
Marcos se levantó de golpe, confundido y asustado. Sus mejillas ardían. Salió corriendo de la habitación y de la fiesta, dejando a Iván atrás.
Al llegar a casa, Candy lo esperaba despierta. “Che, ¿qué te pasó? ¡Estás rojo como un tomate!”, exclamó.
Marcos le contó todo lo que había pasado en la fiesta, desde la invitación de Bruno hasta el beso de Iván. Candy lo escuchó con atención, sin interrumpirlo.
“¡Wow, hermanito! ¡Qué fuerte! ¡Parece que le gustas a Iván!”, dijo Candy, con una sonrisa pícara.
A partir de ese día, las interacciones entre Marcos e Iván se volvieron una tortura para el mexicano. Cada mirada, cada palabra, cada roce casual hacía que sus mejillas se encendieran. Iván, consciente de su efecto, parecía disfrutar provocándolo.
Un día, Marcos estaba solo en el salón de arte, pintando un cuadro con Spiderman en una pose heroica. Estaba tan concentrado que no notó que Iván y sus amigos se habían detenido en la puerta.
Iván miró a Marcos fijamente y luego les dijo a sus amigos: “Ahora los alcanzo”. Entró al salón y cerró la puerta tras él.
Marcos se sobresaltó al oír la puerta cerrarse. Se giró y se encontró con Iván, que lo miraba con una intensidad que lo intimidaba.
Sin decir una palabra, Iván se acercó a Marcos y lo besó. No fue un beso dulce ni delicado como el de la fiesta. Fue un beso agresivo, demandante, que lo dejó sin aliento.
Iván lo levantó en sus brazos y lo sentó sobre la mesa, sin romper el beso. Marcos, sin saber qué hacer, apoyó las manos en el pecho de Iván para intentar separarlo. Sin querer, le manchó la espalda con pintura azul.
A partir de ese día, los besos robados se convirtieron en su secreto. Iván lo buscaba en los pasillos, en el salón de música, en cualquier rincón donde pudieran estar a solas. Los besos se volvieron caricias, las caricias, abrazos. A veces llegaban más lejos y hasta terminaban haciendo el amor.
Marcos vivía en una nube, confundido y excitado. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero no podía resistirse a Iván. El argentino lo había hechizado con su mirada intensa, sus besos apasionados y sus manos que recorrían su cuerpo con una familiaridad sorprendente. Él simplemente dejaba ser amado. Porque ahora marcos le pertenecía a Iván.